Carlos Moreno: “LA FE EN ESMERALDAS ES UNA FIESTA”

Este año lo empezamos en “Nuestra Misión” compartiendo con vosotros el testimonio de Carlos Moreno Galiano, sacerdote de treinta dos años, natural de la Iruela. El último de sus seis años de sacerdocio lo vivió en Esmeraldas, en la misión diocesana que la diócesis de Jaén tiene en Ecuador. Antes de marchar a este país trabajó cinco años en la parroquia de Los Villares compaginando esta tarea con las de ser capellán del Hospital Doctor Sagaz y Viceconsiliario del Movimiento Scout.
Ha tenido inquietud por las misiones desde hace tiempo, comenta que le impactó el Congreso Misionero al que asistió en el 2003 en Burgos . Desde que partió el sacerdote Luis Fernando Criado a Ecuador a la misión diocesana, le cautivó la idea de partir a misión. Al obispo le comunicó su deseo de poder participar en esta tarea. Se dio la oportunidad cuando regresó a Jaén el sacerdote Emilio Samaniego y hacía falta un sacerdote que acabara el compromiso que él había adquirido y que no pudo concluir por no encontrarse bien de salud. Partió para Esmeraldas, parroquia de Rocafuerte a cumplir ese compromiso. Él sabía que iba para un año pero albergaba la esperanza de estar más tiempo. Cuando llegó otro sacerdote de Albacete a la misión, el obispo lo llamó para que regresara pues aquí hacían falta sacerdotes.
Nos cuenta que el trabajo en Esmeraldas es radicalmente distinto al que estamos acostumbrados a realizar como iglesia y como organización de comunidades. Rocafuerte es una parroquia inmensa, con más de 150 km2 de extensión, donde hay costa, selva y campo. Es una zona muy poco evangelizada, apenas cincuenta años de evangelio que se ha extendido en este tiempo gracias a catequistas y a los guías de las comunidades. “Allí no se empieza la tarea desde cero sino que se asume una tradición cristiana. Llegué y me inserté en un trabajo que ya se estaba haciendo. Hay aproximadamente unas ciento cincuenta comunidades (aldeas), algunas a un día de camino del centro parroquial. Al llegar asumo las tareas de Emilio, allí se distribuye el trabajo para poder hacer un seguimiento y atender mejor. La experiencia es muy bonita, es otra forma de vivir la Iglesia.”
Cada tres meses en la parroquia se hacen los encuentros de guías y catequistas. Esta tarea le ha gustado mucho pues es un espacio de animación y formación de los líderes de cada comunidad. Se hace también la agenda de trabajo con ellos. Le llama la atención la corresponsabilidad que se da en el ámbito eclesial, las personas que dirigen cada comunidad se sienten responsables de la misión evangelizadora. Para él ha sido sorprendente ver que esto es real cuando aquí todavía cuesta tanto entender esto. Allí la gente que se compromete lo hace con mucha entrega y generosidad.
Sin embargo también se sufre un choque cultural: la sociedad es desorganizada, hay falta de organización, de compromiso a lo largo del tiempo. Es una sociedad bastante acomplejada, son descendientes de esclavos africanos y han vivido la marginación, por ello se sienten inferiores a otros pueblos. La situación geográfica está también en contra, pues el estar cerca de la frontera con Colombia hace que Esmeraldas sea un lugar donde hay mucha mafia por el contrabando, se vive con miedo. Hay una violencia establecida y se viven diariamente situaciones de inseguridad, secuestros, atracos…
Nos cuenta Carlos que su trabajo ha sido más de compartir, no tanto de hacer las cosas. Le ha enriquecido mucho el conocer otra realidad, le ha enseñado a relativizar. Nos dice que muchas personas viven un drama con el que se podría escribir una novela. Los rostros de la pobreza se ven en cada rincón: en los niños que no tienen familia o está desorganizada, que viven en la calle y no tienen atendidas sus necesidades básicas, en los jóvenes con preparación y valores pero sin medios para salir adelante, sin esperanza, con muchas heridas que les marcan, sin raíces.., en las niñas y chicas violentadas en su entorno familiar y que abortan en condiciones durísimas, en los hombres pescadores que son incapaces de salir de su situación de pobreza y son esclavos del alcohol, en los enfermos y discapacitados que viven en el suelo de sus cabañas.. Sin embargo hay razones para la esperanza. Son personas que siempre te reciben con una gran sonrisa y viven la alegría del encuentro, tienen una capacidad muy grande de superación, de asimilación del drama, saben afrontar las dificultades y siguen luchando por la vida, acogen muy bien las enseñanzas tanto de los mayores como de los misioneros. Para ellos la vida es una fiesta y también la fe.

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¿HAY NAVIDAD CON LA CRISIS?

En nuestro mundo occidental cada vez más se ha asociado la navidad al consumo. No parece posible una verdadera navidad sin regalos, sin comidas de empresa y familiares, sin fiestas donde dar culto a los sentidos.
Aceptamos mejor todo lo que viene de fuera, las costumbres de otros sitios se imponen igual que la crisis. Papa Noél con su trineo cada vez roba más espacio a los ancianos Reyes Magos, cansados de cabalgar sobre los camellos. Es verdad que en casi todas las casas se sigue colocando el belén tradicional, el árbol de navidad y los adornos multicolores. Son tradiciones que aún nos se han perdido, como los dulces típicos de estas fechas o los villancicos. Todo ello hace referencia a la historia de un tal Jesús que un día nació en un pueblito llamado Belén.
Nosotros en este tiempo de crisis económica nos preguntamos cuál es el verdadero espíritu de la navidad. ¿Qué es lo que queda de ella si le quitamos los envoltorios, los lazos, los adornos? Cómo podemos celebrar la navidad una vez más si no podemos consumir, si las cuentas no nos cuadran, si no nos llega el dinero a fin de mes, si no hay comida de empresa porque hace tiempo que no hay trabajo. En estas fechas recordamos mucho el tiempo que vivimos en Ecuador y la sencillez con que las familias celebraban el nacimiento de Jesús. Tenemos que aclarar antes que nada que este país como muchos otros de nuestro planeta están en crisis permanente, que ésta no les está afectando de manera especial porque para ellos es llover sobre mojado. El espíritu navideño se refleja allí en la alegría de los niños, pues aunque pocos reciben juguetes en estas fechas (ni Papa Noel ni los Reyes Magos pasan por esta ruta) saben que es un tiempo especial donde la familia se reúne y hay vacaciones en la escuela. La novena del Niño convoca a los vecinos todas las noches, se reza, se reflexiona sobre la vida y sus problemas ( casi siempre urgentes) y se comparte lo que se tiene. La fe impregna estos días y eso es lo esencial. Una fe que tiene en cuenta el compartir desde la pobreza, el visitar al que está solo en estas fechas, el abrir el hogar al que llega de lejos, el dar consuelo al enfermo… También había caramelos en navidad y sólo eso hacía felices a nuestros niños del Hogar de Belén, todos ellos marcados por el abandono, la violencia, la falta de oportunidades, de afecto. Eran días en que muchos familiares les visitaban, esa era la mayor alegría para nuestros niños ver a sus padres, madres o abuelos que se habían desplazado desde lejos. También hemos conocido allá gente que sin embargo vive muy bien, Ecuador es uno de los países con mayor desigualdad del mundo. A estas personas no las podemos meter en el mismo saco pues hemos conocido entre ellos a gente muy, muy generosa que abría su corazón y sus bienes a los demás. Es verdad que son pocos, pues las cosas materiales no sólo ocupan un lugar físico sino que roban espacio en el corazón y no dejan sitio para el hermano.
El caso es que estos países empobrecidos, con sus grandes contrastes y contradicciones aún se conserva el verdadero espíritu de la Navidad. Todavía hay niños, como Jesús, que nacen en lugares pobres, aún hay personas que son Reyes Magos para otros, hay pobres pastores que desde su pobreza y marginación comparten de lo poco que tienen, hay persecución y personas que dan cobijo, padres y madres que hacen verdaderos milagros para proteger y cuidar la vida de sus hijos en la precariedad.
En este tiempo que nos está tocando vivir, en nuestro Jaén, estamos conociendo familias que cada vez tienen más dificultad para sacar a los suyos adelante. Ojalá la crisis que tantas cosas nos está quitando nos devuelva al menos ese espíritu de Amor que fue el origen de la primera Navidad y que no se vende en ninguno de los comercios que en estos días engalanan con sus luces la ciudad. Un espíritu que nos pone gafas para ver las necesidades de los que tenemos cerca y nos hace sentir su dolor. Es un misterio, pero Dios quiso ser pobre, débil, vulnerable; quiso nacer y vivir en crisis.
Desde aquí el deseo de que la crisis nos traiga una verdadera navidad. Una Navidad feliz donde podamos integrar a todos en el Belén.

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PODEMOS HACERLO MEJOR

Finaliza Octubre, caen las hojas de los árboles y de la mano del mes de Noviembre llegan a nuestra provincia una multitud de rostros, de tez más o menos morena, en busca de unos meses de trabajo digno. Este año no ha sido una excepción y por las calles de los pueblos y ciudades de Jaén cientos de personas buscan, con poco éxito, un tajo donde laborar y ganar el ansiado jornal.

Hace quince años eramos pocos los que salíamos en las noches a su encuentro, intentando mitigar en lo posible el frío de las heladas nocturnas o la humedad de los días de lluvia, regalando un poco de sopa o un “bocata” para aliviar el hambre del día.

Con alegría palpamos que nuestro Jaén sigue siendo a pesar de la crisis un pueblo muy, pero que muy solidario. Cada vez hay más personas sensibles al sufrimiento del inmigrante y surgen espacios de atención y acompañamiento a estos hermanos y hermanas que sufren la desgracia de tener que dejar su tierra y su familia para intentar sobrevivir.

Es desde ahí, desde el situarse o “ponerse en el lugar del otro”, desde donde entendemos sus realidades, sus procesos, sus decisiones y sus padecimientos. Este ejercicio ayuda mucho más que el gimnasio pues te fortalece el corazón y el alma, que son para nosotros sin duda alguna las partes más importantes de los seres humanos. Si nunca nos subimos a una silla de ruedas e intentamos dar una vuelta por nuestra ciudad será imposible comprender las necesidades y limitaciones de las personas con movilidad reducida; así mismo nos pasa con nuestros hermanos que acaban durmiendo en nuestras calles. Nunca olvidaremos el testimonio de Manuel, un sacerdote de Zaragoza que, en su pastoral con las personas “sin techo”, cada día cuando acababa sus misas, agarraba su saco de dormir y pasaba la noche durmiendo con un grupo distinto de personas que se encontraban en la calle. Él nos contaba: “si no pasamos un par de noches de ayuno, frío y lluvia junto a ellos, seremos incapaces de encarnarnos, de estar a su lado, de amarlos, pues siempre nos acercaremos desde nuestras seguridades”.

Es así, podemos hacerlo mejor, pero para que nos nazca del corazón abrir desde el primer momento los albergues, tanto las instituciones públicas como privadas, necesitamos como decía el padre Manuel: “estar más cerca aún de la calle” y desde la vivencia personal nos coordinaremos con quien haga falta, nos ayudaremos y complementaremos, invitaremos a otras personas a implicarse, alquilaremos una nave si es necesario, pero no diremos tonterías como: “peor viven en sus países” o “aún no hay muchos” o “esta no es nuestra competencia” o “ya se les dijo que no hay trabajo”… tantas cosas que si las pensáramos e interiorizáramos desde el silencio y la reflexión personal quizás las expresaríamos de otra manera.

Comienza Diciembre y el otoño poco a poco dará paso al invierno y con él a la Navidad, muchos adornaremos un rincón con figuritas representativas para recordar el nacimiento de Jesús. Quizás deberíamos tener presente que la familia de Belén también fue inmigrante, que tuvo que huir de su tierra y necesitó cobijo y abrigo. Y ese mismo niño, cuando creció y nos intentó enseñar a vivir en clave de amor, nos dijo que hiciéramos como ese buen samaritano que acogió al caído y herido, sin mirar a qué institución le correspondía hacerlo o si había subvención europea por dar la mano. Feliz día y nos vemos la próxima semana en Nuestra Misión.

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LOS IMPRESCINDIBLES

En estos días nos ha visitado un matrimonio de Ecuador que conocimos hace muchos años y con los que hemos compartido parte de nuestra historia personal. Ella, Chela, desde que la conocemos ha estado dando su tiempo, sus recursos y su saber a las comunidades campesinas e indígenas de todo el Ecuador. Se ha dedicado sobretodo a acompañar los procesos de los grupos campesinos y de mujeres. Ha luchado codo con codo con sus dirigentes para conseguir mejoras para las comunidades rurales, ha enseñado a muchas generaciones a luchar por sus derechos, a valorar la tierra y a rescatar los conocimientos ancestrales, a sembrar y cuidar los cultivos andinos, a conocer las leyes que gobiernan su país y a poner en práctica lo justo de ellas, denunciando siempre lo injusto de las mismas. En estos últimos años está luchando en Ecuador contra la política minera que está desplegando el gobierno actual de Correa, política que está invadiendo tierras, contaminando ríos, despojando a los pobladores de su espacio vital y trayendo a la zona de la sierra la violencia, la inseguridad y la destrucción del medio ambiente de una de las regiones más bellas del planeta. Este compromiso que ella ha vivido siempre como una opción de vida, le ha traído problemas hasta el punto de haber recibido amenazas para obligarla a dejar de lado estas actividades. Últimamente hasta le ofrecieron un alto puesto en el MIES (Ministerio de Inclusión Económica y Social), puesto que rechazó por no traicionar sus principios. Principios que la han hecho ser quien es, entre ellos está su fe, su deseo de seguir sirviendo a los demás, de ser samaritana entre los suyos llevando el mensaje siempre actual de Jesús de Nazaret.

En este largo camino se encontró con Koldo, misionero español que llegó a Ecuador para dar parte de su vida. Se conocieron y se enamoraron. Desde entonces él adoptó a este país como patria y a Chela como compañera de fatigas y alegrías. Juntos han seguido compartiendo sus ideales hasta el día de hoy. Koldo se interesó por la agricultura y estudió para poder ayudar a los campesinos a mejorar su producción, su tierra, en definitiva sus vidas y la de los suyos. Se especializó en agroecología y ha impulsado este tema hasta el punto de poner en marcha varios mercados de productos ecológicos donde no hay intermediarios y la producción llega al consumidor a buenos precios. Está convencido de que si mejora la alimentación evitando pesticidas y otros productos que ya sólo se usan en los países del Sur, mejorará la salud y la calidad de vida de los habitantes de estas tierras.

El reencuentro con ellos ha sido agradable, hemos recordado muchas experiencias vividas en la sierra ecuatoriana: las mingas o trabajo gratuito de las personas que componen las comunidades de allá, la capacitación de las madres de las guarderías, la formación de los campesinos, las marchas para reclamar mejoras, .. y sobretodo las horas de amistad compartidas. Hoy hablando con ellos recordábamos las frases de Bertolt Brecht que musicó Silvio Rodriguez hace bastantes años: Hay hombres que luchan un día y son buenos; hay otros que luchan un año y son mejores; hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero están los que luchan toda la vida y esos son imprescindibles”.

Hemos conocido a mucha gente que se comprometió, que se entregó por lo que creía, que luchó tenazmente, pero que el paso del tiempo desgastó su energías, quemó su ilusión y se acomodó en el conformismo resignándose y claudicando ante la realidad de injusticia y desigualdad imperante, mimetizándose con el sistema, olvidando la austeridad y el estar permanentemente al lado del pobre, del que menos puede, viendo a Cristo encarnado y sintiendo su frío, su hambre y sus sufrimientos. Sin embargo Chela y Koldo, junto a otros tantos valientes, aún se dejan la vida en el camino renunciando a seguridades, comodidades, estatus, poder o reconocimiento, son los verdaderamente “imprescindibles”, pues sin ellos en este mundo gobernado por el mercado y sus lacayos no habría luz ni esperanza, no habría un camino que seguir, no habría Utopía.

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EL CORAJE DE VIVR

Pedro Casaldáliga, en la reunión de la Carta de la Tierra celebrada en la Haya el 29 de junio de 2010, donde participaba activamente siempre junto a Mercedes Sosa, cuando todavía vivía, preguntó a Pauline Tangiora, anciana maorí de Nueva Zelanda, cuál era para ella la virtud más importante. Para su sorpresa dijo: «el coraje». Volvió a preguntarle: «¿por qué exactamente el coraje?» Respondió:

«Necesitamos tener coraje para alzarnos en favor del derecho donde reina la injusticia. Sin coraje no se puede llegar a la cima de ninguna montaña; sin coraje nunca podrás llegar al fondo de tu alma. Para enfrentarte al sufrimiento, necesitas tener coraje; sólo con coraje puedes tender la mano al caído y levantarlo. Necesitamos coraje para engendrar hijos e hijas para este mundo. Para encontrar el coraje necesario tenemos que unirnos al Creador. Es Él quien suscita en nosotros coraje en favor de la justicia».

Esa anciana, desde la sabiduría de sus manos encalladas, es capaz de hacernos reflexionar y recordarnos que hasta para amar al débil hace falta coraje, pues ¡cuántos somos capaces de caminar por nuestro Jaén sin “ver” con los ojos del corazón, sin que nos afecte ver las decenas de personas que duermen en nuestras calles! Calles cada vez más mojadas y frías, ante el avance del otoño.

Coraje el de muchos vecinos y vecinas nuestros que han optado por la misión, por renunciar a una vida “cómoda”, a la sociedad del bienestar; y con alegría y constancia regalan su vida. Vida que sin duda alguna es semilla de un mundo mejor.

Coraje para hacer de la opción por los pobres, contra la pobreza y en favor de la vida y de la justicia, una clave desde donde acompañar los procesos de los pueblos, al estilo de como lo hace la Iglesia de la liberación.

Coraje para exigir que se termine con el hambre en el mundo, la especulación de las empresas del sector de la alimentación. La destrucción de excedentes para mantener los precios de mercado, nunca puede estar por encima del derecho a la vida de millones de personas. Coraje para que la ONU intervenga en Somalia, facilitando la llegada de alimentos y medicinas a nuestros hermanos afectados por la hambruna, a pesar de que no sea un país con grandes intereses mineros ni petrolíferos para el resto del mundo.

Coraje para pasar de los sermones y los panfletos políticos, a la construcción de una verdadera comunidad, donde todos nos preocupemos por todos, donde no nos duela tener menos para que todos tengan.

Coraje para enterrar nuestros protagonismos personales y no ser los “chéveres”, ni las ONGs de moda, sino esforzarnos para que desde nuestras capacidades pongamos en común campañas y materiales de sensibilización, líneas de trabajo o denuncia,… y nos apoyemos unos a otros con el único fin de hacer un mundo mejor.

Coraje para poder sentarnos un día y contar a nuestros hijos que encontramos la felicidad, pues de un lado aprendimos a no necesitar nada, a vivir con lo justo y de otro lado aprendimos a compartir, regalar, pero sobre todo a amar a la inmigrante que llega insegura, con miedo y frío, abrazando un niño en su regazo, al adicto en su desesperación y ansiedad, al discapacitado siendo sus pies, sus manos, sus oídos,…, a las personas privadas de libertad, …a nuestros hermanos y hermanas del Sur, a su valor, su seguir adelante de esperanza en esperanza, sin perder ese coraje que les hace caminar.

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Vida Misionera: Soledad, compromiso y servicio

La misión, la vida como misionero o misionera, regala muchos momentos de plenitud, donde la persona que toma esta opción de servicio se siente lleno en muchos sentidos. De un lado el acompañar los procesos de las comunidades, pueblos o recintos donde te toca servir, se puede convertir en un camino más o menos árido, pues la pastoral del “estar”, de la gratuidad, del ser “presencia” del Amor en algunas culturas, no siempre es bien recibido o aceptado. Es un trabajo lento que poco a poco, como el agua en los inviernos crudos acaba calando y siendo acogido. Hace falta mucha constancia y fe para, más allá de las dificultades, seguir un día tras otro buscando los pequeños signos de esperanza, siendo conscientes de nuestras limitaciones y sintiéndonos torpes instrumentos en manos del sembrador. Las inclemencias meteorológicas, (lluvias tropicales, sequías, falta de agua potable, temblores o pequeños terremotos,…), o la falta de accesos a los sitios, sin querer aumentan la crudeza de la labor a realizar y provocan que el sendero a caminar se vea más pendiente de lo que realmente es.
Pero también de hay ocasiones en las que la llegada de los misioneros es un momento esperado y acogido con mucho cariño e ilusión, recordamos la llegada del padre Juan al cantón Pucará (después de unas merecidas vacaciones en Jaén), en el Azuay ecuatoriano, donde la comunidad se había organizado y desde un kilómetro antes de la entrada al pueblo, los pucareños y pucareñas, habían adornado el camino con flores y arcos elaborados con ramas de árboles y le iban saliendo al paso para saludarle y abrazarle; toda una expresión de acogida y cariño.
Sea de una manera o de otra, una de las características de la vida del misionero o misionera son los momentos de soledad, soledad que te ayuda a crecer, a pararte en el camino, a reflexionar sobre la calidad de tu servicio (pues no vale cualquier servicio), sobre la tarea encomendada, sobre tu opción personal o comunitaria, sobre las limitaciones y riquezas. Soledad que te lleva al encuentro con el Padre en el monte de Los Olivos, a la oración personal, a valorar toda la riqueza de vida que te rodea más allá de las renuncias, de la distancia con la familia y los seres queridos, de lo lejos que quedaron las raíces.
Nuestro compromiso nos debe llevar al servicio, a una vida de servicio; y para lograrlo debemos hacer un camino de renuncia, de austeridad, de entrega, de morir poco a poco a nuestros caprichos, gustos o falsas necesidades para que en nuestro corazón quepan nuestros hermanos, nuestro prójimo, quienes nos necesiten. Esta de sociedad del “bienestar” nos invita a lo contrario, a tener, a consumir, a comprar,… al final las personas acabamos siendo prisioneros de nuestras cosas, del deseo de tener y ese ansia por poseer acaba robando nuestra ilusión y nos aisla.
Vivir la misión, cuando se es coherente, supone momentos de soledad, de renuncia, de distancia con tus orígenes,… pero de otro lado vives con el corazón lleno de amor, de alegría y felicidad, consciente de que la verdadera riqueza está en el corazón de las personas, que tu vida es la mano que acompaña y enriquece con tu compromiso a los hijos de la pobreza, y que tu servicio es regalo de Amor a quienes nada pueden y nada tienen.

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ABRIR LOS OJOS DEL CORAZÓN

Era invierno y la lluvia nos tenía aislados, el fenómeno del Niño azotaba el austro ecuatoriano provocando que los días grises y tormentosos se sucedieran sin dejarnos ver un claro en el cielo. Las visitas a las comunidades campesinas se iban distanciando, pues los senderos estaban intransitables y hasta a los caballos y mulares les costaba trabajo subir y bajar por las pendientes paredes de los montes andinos. Incluso la asistencia de los niños a la escuela era escasa debido a las inclemencias del clima.

Días de programar, de estudio y oración, de visitar a los enfermos más cercanos y de trabajos comunitarios en la limpieza a pico y pala del carretero principal, para evitar el aislamiento total y poder cubrir las necesidades básicas. La mañana anterior un gran deslave nos aisló completamente y hubo que organizar turnos de voluntarios que ayudaran a despejar la vía.

En medio de la tormenta llegó empapada a nuestra casa la señora María, una compañera del grupo de mujeres la comunidad de Dagnia y que hacía tres meses había dado a luz en su casita de adobe a dos preciosas mellizas. Bajo su chalina cargaba a sus pequeñas empapaditas también, pues tras casi siete quilómetros recorridos cargándolas en su regazo el agua había calado toda su ropa.

“¿Que pasó compañera, a donde camina con esta lluvia?” Llorando, con gran tristeza nos dijo: “¡Ayúdenme, se mueren mis hijas!”. Con gran delicadeza abrió la chalina y descubrió a sus pequeñas que venían encendidas en fiebre. Las acostamos en la única cama que teníamos en la casa, las desvestimos y secamos; realizándoles a continuación un breve reconocimiento desde nuestros limitados conocimientos como promotores de salud. Realmente estaban mal, tenían los pulmones con bronco espasmos y su respiración era abdominal; la fiebre las consumía, pero estábamos aislados y tocaba enfrentar la situación con nuestros propios recursos.

Fuimos al botiquín parroquial, provisto de los medicamentos que nos llegaban desde nuestro querido Jaén, para intentar encontrar los remedios que las niñas necesitaban. Costó trabajo encontrar medicamentos apropiados y poder adaptar las dosis a las bebés , pues nos llegaban pocos medicamentos pediátricos y su escaso peso, unidos a su corta edad eran todo un dilema.

Fueron horas interminables en la oscuridad de la noche, escuchando caer la lluvia sobre el zinc del techo y los truenos de las tormentas, intentando controlar la fiebre y viendo que las niñas reaccionaran bien a la medicación. La compañera María en nuestra cama con sus hijas y nosotros turnándonos en una tumbona a descansar y vigilar a las pequeñas. Nunca olvidaremos la fe de la señora María y su capacidad de ponerse en manos de Dios, ni las ganas de vivir de esas pequeñas que luchaban por salir adelante con gran valentía. ¡Cuánta impotencia y resignación! ¡Cuantas vueltas a la pequeña entradita donde nos salíamos a escuchar la fuerza de la montaña! Amaneció y la mejoría era evidente en una de las pequeñas, mientras que su hermanita no reaccionaba. Las horas se sucedían y al final la más enfermita se apagó poco a poco. La señora María en su llanto se aferraba a la otra pequeña mientras le daba de mamar. Dos días después se pudieron ir, pues la bebe mejoró y desapareció la fiebre.

Cuando a los quince días regresó la señora María, traía en sus brazos a la pequeña sobreviviente que mamaba con ganas, y nos compartió su alegría por la mejoría, su agradecimiento a Diosito por la salud de su hija. “Él sabe lo que es mejor para todos”, nos dijo y nos pidió que fuéramos padrinos de bautizo de la pequeña a la que le pusieron de nombre Anita.

Los misioneros, si tenemos abiertos los ojos del corazón, en muchas ocasiones somos evangelizados por la fe y el testimonio de los sencillos y los humildes. Hasta la próxima semana.

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