…Desde la cárcel en Camboya

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Paqui Picón es una de esas personas que además de amiga y hermana, ha sido siempre una referencia en nuestras vidas. Su sencillez, su cercanía, su capacidad de acogida, su eterna sonrisa… te invitan una y otra vez al compromiso, al servicio, a la alegría de la misión.

Tras dieciocho años de trabajo y entrega en el Congo, de fundar una congregación nativa de religiosas: las “Siervas de Caná”, de dar testimonio y perseverar en la zona durante la guerra de los grandes lagos, tuvo la humildad de aceptar su cambio de destino y comenzar una nueva misión en Camboya.

Es desde allá, desde su apostolado en la cárcel, que esta misionera del Sagrado Corazón de Jesús hace de su misión, nuestra misión.

“Un día, en una de las visitas que cada miércoles hago a la cárcel de Svay, ciudad cercana al pueblo de Poipet donde vivo, recuerdo que entré en el pabellón pequeño de las mujeres. Allí , hacinadas, sin ventilación ni agua potable, vivían sesenta de ellas, la mayoría pertenecientes a familias muy pobres. Estaban abandonadas y olvidadas de todos. Una de ellas, que cumplía condena por tráfico de niñas pequeñas, se me acercó con lágrimas en los ojos y, con insistencia, me pidió que la ayudase a encontrar a su hijo y le trajese noticias de él. Hacía ocho años que ella lo había dejado. El niño tenía entonces siete años.

Aquel día, en aquel momento, escuché como un susurro en mi interior: “Busca a este niño y tráeselo a su madre”. Me puse en movimiento, y salvando todas las dificultades, con la ayuda de varias personas, logré encontrar al niño, que ya era todo un jovencito. Un miércoles me las arreglé para llevarlo conmigo a la cárcel, y sin temor, con la serenidad que da el saberse en manos de Dios, fui pasando los controles policiales sin tener que dar dinero a nadie, sin que me molestaran por ser mujer, extranjera y sola en aquel lugar. Fue como si el Espíritu del Señor estuviese indicando en el corazón de cada policía lo que tenía que hacer para que este joven llegase hasta su madre. El encuentro entre madre e hijo fue entrañable. Cuando los vi fundirse en un abrazo, me dije interiormente: ”misión cumplida”. Pero no, la misión que el Espíritu me había confiado, aún no había terminado.

El miércoles siguiente, cuando regresé a la cárcel, aquella mujer me estaba esperando. Salió a mi encuentro y con ojos llenos de agradecimiento, me preguntó: “¿Porqué lo has hecho?”. Comprendí al instante que mi misión con esta mujer no había terminado. Me emocionó el momento en el que pude anunciarle el mensaje cristiano, lo que nos mueve por dentro en nuestra acción, cuando transmitimos el Amor personal e incondicional de Dios, que se extiende a todos y a cada uno de nosotros; ese amor que no se deja condicionar por nuestro pecado, sobretodo ese amor de Dios que no tiene en cuenta nuestro pasado, porque perdona y olvida siempre. Le dije que Dios la amaba, y que cuando se ama nunca se abandona. Esa era la razón por la que yo estaba allí.

Esta mujer budista me enseñó algo importante: Como cristianos nuestras vidas están llamadas a ser mensajes visibles, encarnaciones del amor de Dios, y esto sólo es posible si cada vez que vivimos una experiencia, realizamos una actividad, nos encontramos con una persona o nos comprometemos con una causa, la fuerza vital que ponemos en marcha está bien orientada; si está impulsada por el amor y se dirige hacia el amor. Entonces nuestras vidas se convierten en mensajes de Dios para el hombre, no importa cual sea su religión.”

Con este lindo testimonio solo nos queda invitarte, con mucho cariño, la próxima semana a seguir compartiendo desde Nuestra Misión.

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