ABRIR LOS OJOS DEL CORAZÓN

Era invierno y la lluvia nos tenía aislados, el fenómeno del Niño azotaba el austro ecuatoriano provocando que los días grises y tormentosos se sucedieran sin dejarnos ver un claro en el cielo. Las visitas a las comunidades campesinas se iban distanciando, pues los senderos estaban intransitables y hasta a los caballos y mulares les costaba trabajo subir y bajar por las pendientes paredes de los montes andinos. Incluso la asistencia de los niños a la escuela era escasa debido a las inclemencias del clima.

Días de programar, de estudio y oración, de visitar a los enfermos más cercanos y de trabajos comunitarios en la limpieza a pico y pala del carretero principal, para evitar el aislamiento total y poder cubrir las necesidades básicas. La mañana anterior un gran deslave nos aisló completamente y hubo que organizar turnos de voluntarios que ayudaran a despejar la vía.

En medio de la tormenta llegó empapada a nuestra casa la señora María, una compañera del grupo de mujeres la comunidad de Dagnia y que hacía tres meses había dado a luz en su casita de adobe a dos preciosas mellizas. Bajo su chalina cargaba a sus pequeñas empapaditas también, pues tras casi siete quilómetros recorridos cargándolas en su regazo el agua había calado toda su ropa.

“¿Que pasó compañera, a donde camina con esta lluvia?” Llorando, con gran tristeza nos dijo: “¡Ayúdenme, se mueren mis hijas!”. Con gran delicadeza abrió la chalina y descubrió a sus pequeñas que venían encendidas en fiebre. Las acostamos en la única cama que teníamos en la casa, las desvestimos y secamos; realizándoles a continuación un breve reconocimiento desde nuestros limitados conocimientos como promotores de salud. Realmente estaban mal, tenían los pulmones con bronco espasmos y su respiración era abdominal; la fiebre las consumía, pero estábamos aislados y tocaba enfrentar la situación con nuestros propios recursos.

Fuimos al botiquín parroquial, provisto de los medicamentos que nos llegaban desde nuestro querido Jaén, para intentar encontrar los remedios que las niñas necesitaban. Costó trabajo encontrar medicamentos apropiados y poder adaptar las dosis a las bebés , pues nos llegaban pocos medicamentos pediátricos y su escaso peso, unidos a su corta edad eran todo un dilema.

Fueron horas interminables en la oscuridad de la noche, escuchando caer la lluvia sobre el zinc del techo y los truenos de las tormentas, intentando controlar la fiebre y viendo que las niñas reaccionaran bien a la medicación. La compañera María en nuestra cama con sus hijas y nosotros turnándonos en una tumbona a descansar y vigilar a las pequeñas. Nunca olvidaremos la fe de la señora María y su capacidad de ponerse en manos de Dios, ni las ganas de vivir de esas pequeñas que luchaban por salir adelante con gran valentía. ¡Cuánta impotencia y resignación! ¡Cuantas vueltas a la pequeña entradita donde nos salíamos a escuchar la fuerza de la montaña! Amaneció y la mejoría era evidente en una de las pequeñas, mientras que su hermanita no reaccionaba. Las horas se sucedían y al final la más enfermita se apagó poco a poco. La señora María en su llanto se aferraba a la otra pequeña mientras le daba de mamar. Dos días después se pudieron ir, pues la bebe mejoró y desapareció la fiebre.

Cuando a los quince días regresó la señora María, traía en sus brazos a la pequeña sobreviviente que mamaba con ganas, y nos compartió su alegría por la mejoría, su agradecimiento a Diosito por la salud de su hija. “Él sabe lo que es mejor para todos”, nos dijo y nos pidió que fuéramos padrinos de bautizo de la pequeña a la que le pusieron de nombre Anita.

Los misioneros, si tenemos abiertos los ojos del corazón, en muchas ocasiones somos evangelizados por la fe y el testimonio de los sencillos y los humildes. Hasta la próxima semana.

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