Vida Misionera: Soledad, compromiso y servicio

La misión, la vida como misionero o misionera, regala muchos momentos de plenitud, donde la persona que toma esta opción de servicio se siente lleno en muchos sentidos. De un lado el acompañar los procesos de las comunidades, pueblos o recintos donde te toca servir, se puede convertir en un camino más o menos árido, pues la pastoral del “estar”, de la gratuidad, del ser “presencia” del Amor en algunas culturas, no siempre es bien recibido o aceptado. Es un trabajo lento que poco a poco, como el agua en los inviernos crudos acaba calando y siendo acogido. Hace falta mucha constancia y fe para, más allá de las dificultades, seguir un día tras otro buscando los pequeños signos de esperanza, siendo conscientes de nuestras limitaciones y sintiéndonos torpes instrumentos en manos del sembrador. Las inclemencias meteorológicas, (lluvias tropicales, sequías, falta de agua potable, temblores o pequeños terremotos,…), o la falta de accesos a los sitios, sin querer aumentan la crudeza de la labor a realizar y provocan que el sendero a caminar se vea más pendiente de lo que realmente es.
Pero también de hay ocasiones en las que la llegada de los misioneros es un momento esperado y acogido con mucho cariño e ilusión, recordamos la llegada del padre Juan al cantón Pucará (después de unas merecidas vacaciones en Jaén), en el Azuay ecuatoriano, donde la comunidad se había organizado y desde un kilómetro antes de la entrada al pueblo, los pucareños y pucareñas, habían adornado el camino con flores y arcos elaborados con ramas de árboles y le iban saliendo al paso para saludarle y abrazarle; toda una expresión de acogida y cariño.
Sea de una manera o de otra, una de las características de la vida del misionero o misionera son los momentos de soledad, soledad que te ayuda a crecer, a pararte en el camino, a reflexionar sobre la calidad de tu servicio (pues no vale cualquier servicio), sobre la tarea encomendada, sobre tu opción personal o comunitaria, sobre las limitaciones y riquezas. Soledad que te lleva al encuentro con el Padre en el monte de Los Olivos, a la oración personal, a valorar toda la riqueza de vida que te rodea más allá de las renuncias, de la distancia con la familia y los seres queridos, de lo lejos que quedaron las raíces.
Nuestro compromiso nos debe llevar al servicio, a una vida de servicio; y para lograrlo debemos hacer un camino de renuncia, de austeridad, de entrega, de morir poco a poco a nuestros caprichos, gustos o falsas necesidades para que en nuestro corazón quepan nuestros hermanos, nuestro prójimo, quienes nos necesiten. Esta de sociedad del “bienestar” nos invita a lo contrario, a tener, a consumir, a comprar,… al final las personas acabamos siendo prisioneros de nuestras cosas, del deseo de tener y ese ansia por poseer acaba robando nuestra ilusión y nos aisla.
Vivir la misión, cuando se es coherente, supone momentos de soledad, de renuncia, de distancia con tus orígenes,… pero de otro lado vives con el corazón lleno de amor, de alegría y felicidad, consciente de que la verdadera riqueza está en el corazón de las personas, que tu vida es la mano que acompaña y enriquece con tu compromiso a los hijos de la pobreza, y que tu servicio es regalo de Amor a quienes nada pueden y nada tienen.

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